Velocidad y alcohol

Hace unos días me sucedió algo que me hizo recordar una situación que me ha dejado marcado para siempre. Os cuento tanta intriga.

06.09.2010 | 16:41

Varios años atrás, disfrutaba de una agradable fiesta en casa de unos amigos en la sierra madrileña. Me lo estaba pasando muy bien, pero en un momento dado, mi cabeza tocó diana de retirada y no me extraña porque eran las 5:45 de la mañana. No tenía que levantarme pronto pero quería ir a entrenar con la moto de agua, aunque fuera un poco más tarde pero ¡entrenar!

Me despedí de los no pocos que allí se quedaron y puse rumbo a Madrid.

De camino, un coche se puso detrás del mío y, al llegar al puerto de montaña, empezamos a aumentar la velocidad. Tan sólo un poco más de lo marcado, pero aumentamos. Sé que hice mal, ¡muy mal!

Habíamos trazado ya varias curvas cuando por el espejo retrovisor vi un haz de luz que se movía en todas las direcciones. ¿Cómo? ¿qué pasa? ¿qué es eso? En efecto, el coche que venía detrás de mí se había salido de la carretera y estaba dando vueltas de campana. No lo dudé, di la vuelta, llegué hasta el lugar donde se había quedado parado y llamé al teléfono de emergencias para contarles todo lo que había sucedido.

Muy asustado y con un gran sentimiento de culpabilidad, me acerqué al coche y el chico que conducía estaba inconsciente. Pensé lo peor. ¡No podía ser! Me lamentaba tarde, como casi siempre nos suele ocurrir cuando hacemos algo que no es del todo correcto. Hace poco hablando con mi hermana me contó que hubo un accidente en el que dos niños de siete y doce años habían fallecido. En el coche viajaban sus padres que, al parecer, no les habían puesto el cinturón de seguridad porque el trayecto que iban a hacer era corto. El vehículo colisionó y aquellos niños salieron por el cristal delantero.

No quiero ni pensar cómo deben sentirse esos padres. Sin embargo, como es habitual en nuestra sociedad, el lamento y el arrepentimiento llegan después, cuando no hay vuelta atrás.

Y así me sentía yo hasta que llegó una ambulancia y se llevó al muchacho al hospital. Yo, por supuesto, fui detrás y les acompañé en todo momento. Por suerte, no tenía nada grave y sólo estuvo 24 horas en observación por precaución, debido al golpe que se había dado  en la cabeza y que le había dejado inconsciente. Lo peor vino después porque dio positivo en la prueba de alcoholemia y al parecer con una cifra bastante elevada.

¿Cómo no se me ocurrió pensar que aunque yo fuera en perfectas condiciones, Alfonso -que así se llamaba el conductor- podría haber tomado un par de copas de más? ¿cómo no pensé que él podía cometer un error? ¿cómo no pensé que yo, haciendo estas tonterías también podía haber sufrido un accidente? En fi n, miles de cuestiones que debemos plantearnos antes de subirnos a un vehículo.

Cada semana, mueren cuarenta personas en las carreteras españolas y, sin embargo, en los circuitos casi nadie. Esto es básicamente porque en las carreras todo es diferente, los coches tienen barras antivuelco y los pilotos van infi nitamente más protegidos y son más experimentados. Eso sin contar con que no vienen coches de frente, los conductores no han bebido nada y todo esta muy controlado.

Obviamente, cuando llegaron sus familiares, novia, etc, todos tenían un susto tremendo. Nunca pensamos que cuando alguien tiene un accidente, no sólo lo pasa mal el que lo sufre, sino también todos sus allegados. Me fui a despedir de Alfonso y me dijo en voz baja: -tenemos una carrera pendiente-. ¿Qué? ¿¡estás loco!? ¿No has tenido suficiente? Con toda la tranquilidad del mundo pero con contundencia le contesté: -jamás volveré a hacer lo que hice contigo,

ni con nadie. Si quieres una carrera en un circuito de velocidad, de cross o de agua, perfecto pero nunca más en una carretera abierta-.

Desde aquel día no dejo que nadie se pique conmigo ni yo me pico y cuido muchísimo a aquellos amigos que están dispuestos a conducir con una copa de más para que no lo hagan. Si es necesario les llevo a casa yo mismo. Esto mismo me sucedió hace unos días con una amiga y la situación provocó que volviese a mi mente el recuerdo de Alfonso y esa noche tan estresante, menos mal que él pudo llegar a casa.

Si lo miras fríamente son dos situaciones tan absurdas que, si piensas por un momento el daño que podemos hacernos a nosotros, a nuestra familia e incluso a otro conductor que nada tenga que ver, seguro que no lo harías. Desde luego os digo que, si le hubiera pasado algo a Alfonso, ¡no me lo hubiera perdonado jamás! Y eso que, no fui yo el que  se picó ni el que llevaba las copas de más (yo no bebo nada de alcohol, si además de ir en silla de ruedas, bebiera, imaginaros la situación).

Por favor, pensad sobre lo que me pasó a mí y  acordaros de ello para ser prudentes al volante.

Disfrutad de vuestro vehículo con prudencia y, las carreras, dejadlas para los circuitos cerrados.

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